Un clima que ya no se repite
En junio de 2023, en Montevideo, abrimos la canilla y el agua estaba salada.
Paso Severino había caído al 2,4 % de su capacidad y, para sostener el abastecimiento, OSE tuvo que recurrir a agua más salobre, con mayor contenido de sodio y cloruros.
¿Fue el cambio climático, o fue mala suerte?
La pregunta está mal planteada.
Veníamos de una sequía multianual, y existe una disciplina que lo estudia: la atribución de eventos extremos, que mide cuánto influyó el calentamiento en un episodio concreto. El estudio de atribución sobre la sequía regional no pudo atribuir al cambio climático el déficit de precipitación analizado y encontró un papel importante de La Niña. Sí concluyó que las temperaturas más altas probablemente redujeron la disponibilidad de agua, agravando la sequía. El trabajo se publicó luego con revisión por pares.
El estudio midió si el calentamiento hizo más probable la falta de lluvia en la región. Nunca preguntó por qué esa falta de lluvia terminó en agua salada saliendo de las canillas de Montevideo. Lo primero es un fenómeno climático; lo segundo, lo que ese fenómeno le hizo a un sistema de abastecimiento concreto.
Después de la crisis, el propio Estado describió la baja resiliencia del sistema metropolitano: una sola fuente de agua y una sola planta de potabilización para toda el área.
La sequía fue el peligro. La crisis apareció cuando ese peligro encontró un sistema con reservas agotadas y redundancia limitada.
El clima modifica el peligro. La infraestructura decide cuánto de ese peligro termina en daño.
El problema excede a OSE y alcanza a cualquiera que proyecte.
Proyectamos con temperaturas de diseño, cargas térmicas, lluvias, períodos de retorno, grados-día. Buena parte de esas herramientas todavía se apoya en series de datos históricas que tratan al clima como si se repitiera. Pero el clima dejó de repetirse, y el edificio que se proyecta este año puede seguir en pie pasados 2100.
Durante años, el debate público giró alrededor de si el cambio climático era real.
Para quien proyecta, esa conversación podía terminar sin dejar un solo valor a modificar en una memoria de cálculo.
Para atribuir un evento, la pregunta es: cuánto más probable o cuánto más intenso lo hizo el calentamiento.
El método de atribución consiste en comparar dos mundos. Uno es el clima observado, con la influencia humana dentro. El otro es un clima contrafáctico, reconstruido con modelos: el que habría existido sin esa influencia. Si el episodio resulta más frecuente o más intenso en el primero, la diferencia se atribuye a la influencia humana.
La disciplina tiene unos veinte años, desde trabajos como la atribución de la ola de calor europea de 2003. Desde entonces maduró: hoy aborda más fenómenos y, para algunos eventos, puede producir resultados en cuestión de días.
La atribución no es proyección.
La atribución pregunta cuánto cambió un evento que ya ocurrió. Las proyecciones preguntan qué condiciones podemos esperar en el futuro. Para diseñar un edificio que seguirá en pie en 2100 hacen falta las dos.
Dónde la ciencia habla fuerte y dónde baja la voz
En julio de 2026, las National Academies publicaron Attribution of Extreme Weather and Climate Events and Their Impacts, una actualización del informe que habían dedicado al tema diez años antes.
Una conclusión importa especialmente al proyectar: la capacidad de atribución no es igual para todos los fenómenos.
Los extremos de calor y de frío están arriba: es donde la atribución resulta más robusta.
Las lluvias intensas de gran escala también admiten confianza alta. La precisión de gran escala importa.
Sequías y ciclones tropicales ocupan una zona intermedia: se puede decir bastante, pero con más cautela y dependiendo del evento, la región y la métrica utilizada.
Las tormentas convectivas severas quedan más abajo: granizo, ráfagas, esas células que rompen techos en veinte minutos. Dependen de procesos de pequeña escala que los modelos globales convencionales no resuelven explícitamente.
Quien quiere alertar sobre el cambio climático cae fácil en una tentación: convertir hay cambio climático en todo evento extremo es cambio climático.
Convertir una tesis en la otra debilita el argumento y le entrega al escéptico la única objeción que necesita. La sentencia llega antes que el hecho, y el hecho comparece solo a confirmarla.
Esta ciencia gana fuerza haciendo lo contrario: cuantifica donde tiene con qué, y donde le falta lo dice.
Los tres frentes
Calor
Sobrecalentamiento, cargas de refrigeración, envolvente, sombreamiento, ventilación, isla de calor urbana.
La evidencia sobre calor alcanza para cuestionar con mayor confianza algunos supuestos históricos de proyecto. Confort y salud se juegan ahí.
Un edificio que sobrecalienta incomoda; en enero, puede enfermar a gente mayor.
Agua
Drenaje, pluviales, impermeabilización, cota de implantación, retención en sitio.
Uruguay ya reconoce formalmente el problema. El Plan Nacional de Aguas Pluviales Urbanas, aprobado en octubre de 2023, señala que incorporar cambio climático al diseño todavía no está generalizado y plantea revisar las curvas de intensidad-duración-frecuencia, las curvas IDF, incorporando información nueva y escenarios futuros.
Las curvas IDF convierten el pasado observado en criterio de diseño. Actualizarlas modifica esa relación.
Granizo
Acá la receta cambia: norma, margen y criterio local.
Inventar un factor climático que la ciencia todavía no puede justificar sería falsa precisión. Menor confianza de atribución no significa menor riesgo.
Lo que todavía no sabemos medir exige margen.
El granizo rompe techos igual.
Probabilidad y daño son cosas distintas
La disciplina abrió otra frontera que toca todavía más de cerca a quien proyecta.
La investigación ya intenta atribuir impactos, como mortalidad, pérdidas económicas y daños de infraestructura. Esa línea tiene consecuencias para seguros, gestión de riesgo, adaptación y litigios.
De esa línea de trabajo surge una distinción fundamental:
Que un evento sea diez por ciento más probable no significa que el daño haya aumentado diez por ciento.
La relación entre peligro y daño no es lineal: el daño crece a saltos. En obra se entiende enseguida: unos centímetros más de agua pueden ser inocuos hasta que se supera una cota.
Superada la cota, el impacto cambia de escala.
Sobre el daño podemos intervenir
El daño depende de tres cosas. Del peligro, que es el fenómeno: la sequía, la lluvia, el granizo. De la exposición, que es qué y quiénes quedan en su camino. Y de la vulnerabilidad, que es cuánto los afecta cuando llega.
Sobre el peligro decide el clima. La exposición se decide al implantar: dónde va el edificio, a qué cota, sobre qué terreno. La vulnerabilidad se decide al resolver: qué drenaje, qué envolvente, qué redundancia.
Volvamos al agua salada. El peligro fue la sequía; el daño apareció donde el sistema tenía una sola fuente y una sola planta.
De nuestro lado del tablero quedan decisiones sobre exposición y vulnerabilidad.
Falta evidencia de acá
La evidencia se concentra donde hay datos. Donde hay series largas, buenas redes de observación y capacidad científica instalada, resulta más fácil producir atribuciones robustas.
Nuestra región tiene menos cobertura: menos estudios no significa menos influencia climática. Significa menos capacidad para medirla.
Menos evidencia local para sostener una decisión de diseño o justificar una inversión en resiliencia.
No es una queja de periferia. El propio comité de las National Academies incluyó, entre sus prioridades, extender la ciencia de atribución a las regiones con pocos datos.
Cerrar esa brecha requiere otra forma de infraestructura: infraestructura de datos.
Esa brecha está a nuestro alcance.
Medir nuestros edificios no reemplaza medir el clima, pero permite observar cómo ese clima se transforma en impacto: temperaturas interiores, consumos, horas fuera de confort, fallas, desempeño real de las envolventes.
Sistematizar, comparar y publicar esos datos genera evidencia local para adaptación.
Volviendo al agua salada de 2023.
La pregunta ya no es si aquello fue el cambio climático.
La pregunta es qué estamos diseñando distinto desde entonces.
Informe de referencia: National Academies of Sciences, Engineering, and Medicine (2026), Attribution of Extreme Weather and Climate Events and Their Impacts, doi 10.17226/28590.
Eco doctrinal: capítulo El Veredicto Anticipado de La Razón Sitiada de Jimmy Baikovicius
El hecho llega tarde. Llega a confirmar una sentencia.