La lectura decidida

Un texto admite prueba.

Una intención comparece por indicios.

El lector decide primero qué clase de persona escribió.

Luego lee.

Cada palabra confirma lo que ya sabía del autor.

El autor explica su intención.

La explicación confirma que tenía algo que ocultar.

El autor concede un error.

La concesión confirma que el reproche era justo.

El autor calla.

El silencio confirma que carece de defensa.

Tres respuestas.

Una lectura.

Lo que la contradice confirma la profundidad del engaño.

La interpretación ha reservado un lugar para cada desenlace.

Se ahorra preguntar qué evidencia podría hacerla caer.

El autor condenado

es otro:

lo escribió el lector.

La lectura empieza
donde el veredicto
todavía puede caer.

Del capítulo La sentencia en uso · La Razón Sitiada