Berlín 1941 – Gaza 2025: La ideología del odio que une al Muftí con Hamás
El debate contemporáneo sobre el conflicto palestino-israelí exige comprender sus raíces históricas. Una raíz profunda y frecuentemente silenciada es la figura de Haj Amin al-Husseini, Gran Muftí de Jerusalén durante el Mandato Británico y padre ideológico de una corriente fundamental del nacionalismo palestino moderno.
Antes de la existencia del Estado de Israel, al-Husseini promovía un odio sistemático contra los judíos y alentaba oleadas de violencia durante los años veinte y treinta. Su retórica excede lo político: es religiosa, visceralmente antijudía y movilizada por una visión teológica. Su ambición exigía la aniquilación del naciente proyecto sionista, que comenzaba a organizarse en Europa y a materializarse con las primeras migraciones judías a Palestina.
El Muftí en Berlín y la alianza nazi
Al-Husseini militó en el bando nazi durante la Segunda Guerra Mundial. Tras huir de Irak por el fallido golpe pronazi de Rashid Ali al-Gaylani en 1941, se instaló en Berlín como huésped del Tercer Reich y permaneció allí hasta el final de la guerra. Se reunió con Adolf Hitler, Heinrich Himmler y otros jerarcas nazis, apoyó abiertamente la «Solución Final» y difundió propaganda antisemita en árabe por emisoras alemanas, exhortando a los pueblos musulmanes a matar judíos dondequiera que los encontraran. También colaboró en el reclutamiento de musulmanes bosnios para las SS, notablemente en la División Handschar.
Una herencia ideológica nunca desactivada
El carácter nazi de la ideología de al-Husseini no murió con él.
Ahmed Shukeiri, primer presidente de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), proclamó en 1967 que «el único destino de los judíos en Palestina es el mar».
Para Yasser Arafat, sobrino del Gran Muftí según diversas fuentes, la influencia de al-Husseini dictó sus comienzos. Según esos registros, «durante la primera guerra árabe-israelí, entre 1948 y 1949, Arafat estuvo movilizado en la Futuwah (Vanguardia de la Juventud), una brigada de combatientes palestinos organizada por Husseini como brazo armado de su partido».
Mahmud Abás (Abu Mazen) escribió en los años ochenta una tesis doctoral en Moscú que concluía que el Holocausto habría sido un proyecto conjunto de los nazis y del movimiento sionista.
Esa visión pervive amplificada en Hamás. Sus propios documentos establecen: «El Profeta, que la paz de Alá sea con él, dijo: La hora del Juicio Final no llegará hasta que los musulmanes luchen contra los judíos y los musulmanes los maten, y hasta que los judíos se escondan tras una piedra o un árbol y la piedra o el árbol digan: Musulmán, siervo de Dios, aquí, detrás de mí hay un judío, ven y mátalo.» El Movimiento de Resistencia Islámico aspira a cumplir esa promesa, por mucho tiempo que le lleve.
El modelo Hamás: continuidad ideológica y guerra teológica
Hamás, fundado en 1987, actualiza la ideología de odio que al-Husseini articuló décadas antes. Su Carta Fundacional de 1988 respira antisemitismo religioso y político, y eleva el conflicto con Israel de disputa territorial a guerra sagrada entre el islam y el judaísmo. El texto niega el derecho a la existencia del Estado judío y recurre a complots clásicos de origen europeo para justificar su lucha.
Entre esas referencias destaca la inclusión de los Protocolos de los Sabios de Sion, un libelo creado por la policía zarista a comienzos del siglo XX que describe un supuesto plan de dominio mundial judío. Desenmascarado hace tiempo como falsificación, su presencia en la ideología fundacional de Hamás consolida el antisemitismo moderno como base doctrinal de su proyecto político y militar.
Al igual que al-Husseini, Hamás persigue la destrucción total del Estado judío. La lucha obedece a una causa religiosa inflexible, ajena a las fronteras de 1967 o a la viabilidad de un Estado. Sus portavoces repiten incesantemente que «toda Palestina, desde el río hasta el mar», debe ser «liberada».
Hamás hereda la pedagogía del Muftí: adoctrina con mensajes de odio, glorifica el martirio y convierte el asesinato de civiles judíos en gesto de honor. Programas infantiles, libros educativos, caricaturas y festivales escolares muestran a niños con rifles deseando «convertirse en mártires como sus hermanos mayores». Hamás utiliza además a los niños de Gaza como instrumentos de guerra y adoctrinamiento. Grupos de derechos humanos documentaron, ya desde 2008, el uso de menores como mano de obra en la economía de túneles de Gaza, sin que la autoridad de facto lo impidiera.
El conflicto distorsiona miradas
El conflicto deforma las percepciones dentro de la sociedad israelí. Nurit Peled-Elhanan, de la Universidad Hebrea, ha señalado que ciertos enfoques educativos oficiales presentan al palestino de forma generalizada como una amenaza existencial. Esa representación refuerza estereotipos, alimenta una lógica de sospecha y contribuye a la deshumanización recíproca. Sustituye la comprensión por el reflejo. A largo plazo, esa narrativa erosiona las posibilidades de coexistencia sustentada en el reconocimiento mutuo.
La guerra como mandato religioso eterno
Hamás rechaza concebir el conflicto como una disputa territorial. Para su doctrina, la guerra contra Israel es sagrada, existencial y perpetua. Su carta fundacional afirma: «no habrá solución para la cuestión palestina sino mediante la yihad». La declaración es una concepción teológica, ajena a la metáfora o la táctica.
Toda negociación o tregua opera como pausa estratégica. Hamás ha utilizado el concepto islámico de hudna (tregua temporal) para rearmarse, manteniendo la destrucción de Israel como objetivo inalterable. Su estrategia de fases, marhalia, contempla avances graduales, jamás concesiones genuinas. El diálogo es parte del plan de guerra.
El documento de 2017: moderación aparente
En 2017, Hamás presentó un documento político que suavizaba los elementos más radicales de su carta original. Declaró su lucha contra el «proyecto sionista» y fingió aceptar un Estado palestino en las fronteras de 1967 como solución temporal de consenso nacional.
Ese documento mantuvo vigente la Carta Fundacional de 1988; sus líderes jamás abandonaron la retórica de exterminio. El pogromo del 7 de octubre de 2023 reveló el documento de 2017 como un encubrimiento temporal: una táctica para ganar legitimidad internacional mientras el proyecto de fondo seguía intacto.
Los Hermanos Musulmanes: la raíz ideológica de Hamás
La raíz de Hamás se hunde en su organización madre: los Hermanos Musulmanes (al-Ikhwān al-Muslimūn), fundados en Egipto en 1928 por Hasan al-Banna. Ese movimiento islamista fue pionero en proponer una visión política del islam, dictando el gobierno religioso sobre la vida entera y consagrando la yihad como deber permanente frente a los enemigos del islam. Al-Banna afirmaba que «los judíos son los agentes del cambio y la occidentalización, y son los responsables del declive de Occidente, así como del islam».
Hamás se define explícitamente como «una de las ramas de los Hermanos Musulmanes en Palestina». La afiliación organizativa consagra una herencia doctrinal. Del mismo modo que al-Banna y su discípulo Sayyid Qutb concebían al judaísmo como una conspiración global contra el islam, Hamás adopta ese núcleo: la demonización del judío, la historia como confrontación religiosa y el martirio como redención.
Desde mucho antes de la fundación de Hamás, los Hermanos Musulmanes ya reivindicaban a al-Husseini como héroe islámico y precursor de la lucha contra el sionismo. Su alianza con Hitler fue una convergencia estratégica. Esa es la genealogía ideológica que abraza Hamás, actualizándola con misiles, redes internacionales de simpatizantes y escudos humanos.
La maquinaria propagandística: narrativa, manipulación y víctimas
Como parte de su guerra ideológica, Hamás ha perfeccionado un aparato de propaganda que combina redes sociales, lenguaje de derechos humanos y aliados mediáticos como Al Jazeera para difundir su narrativa globalmente. Esto ocurrió incluso durante la masacre del 7 de octubre de 2023. Esa maquinaria encuentra eco en parte de la prensa occidental: los comunicados del Ministerio de Salud de Gaza y los reportes afines de agencias de la ONU se convierten en fuentes primarias incuestionables. El caso del hospital Al-Ahli, cuya acusación inicial de bombardeo israelí colapsó ante las pruebas, ilustra un patrón: cifras infladas, escenas manipuladas y víctimas civiles convertidas en arma simbólica. La tragedia se instrumentaliza para transformarla en consigna política: imponer la acusación de «genocidio» como verdad irrefutable mientras se exime a Hamás de toda responsabilidad.
Hamás ha convertido sistemáticamente la ayuda humanitaria en un arma. Confisca suministros, los revende, les aplica impuestos o los desvía. Usa el dinero y la ayuda para reclutar jóvenes y financiar su maquinaria bélica. Sabotea los puntos de distribución que escapan a su control, difunde desinformación para volverlos inaccesibles y amenaza a los civiles para impedir que reciban alimentos distribuidos sin su aprobación.
El arte de victimizarse: propaganda de guerra
Hamás ha perfeccionado el arte de convertir su propia brutalidad en arma de guerra contra Israel. Instala lanzacohetes en hospitales, escuelas y barrios densamente poblados, usa a los civiles como escudos y no evacúa a los niños de las zonas de combate. No construye refugios para proteger a la población, construye túneles para esconder a sus líderes. La muerte de esos niños activa las cámaras para culpar a Israel y alimentar la narrativa victimista.
Provocar una respuesta militar, exponer a los civiles y explotar su sufrimiento como prueba de genocidio constituye el núcleo de su estrategia de comunicación. Mientras tanto, en los foros internacionales, la verdad se desdibuja entre titulares y fotografías cuidadosamente seleccionadas.
El antisemitismo como constante funcional
La continuidad ideológica de al-Husseini a Hamás opera como motor de cohesión interna frente a divisiones y como justificación de una violencia sostenida, revestida de lenguaje religioso y político. Más allá de diferencias tácticas o territoriales, el odio al judío funciona como el gran punto de encuentro. En la Antigüedad se los hostigó por su monoteísmo; en la Edad Media, por «deicidas»; en la Europa moderna, por marginados o influyentes, banqueros o revolucionarios, pobres o ricos, según conviniera. Hoy el patrón se reactiva bajo el discurso anticolonial. Los judíos son catalogados como opresores, genocidas, asesinos de niños. El discurso cambia; la sustancia permanece: el judío retratado como enemigo existencial habilita su demonización.
Ese relato cumple una función estratégica: captar simpatías en sectores de Occidente, particularmente donde el antisemitismo ha mutado de forma y antiguas narrativas presentan a los judíos, ahora encarnados en Israel, como la última expresión del opresor imperial. Tan poderosa es esa construcción que se vuelve convicción pasional: un acto de fe, un absolutismo casi religioso que opera sin conciencia real de ello.
El precio del pragmatismo: errores de Israel
A lo largo de las décadas, varios gobiernos israelíes incurrieron en un pragmatismo miope: toleraron e incluso favorecieron indirectamente el ascenso de Hamás como contrapeso de amenazas más inmediatas, como la OLP o la Autoridad Palestina. El precio ha sido enorme. Hoy Hamás excede la amenaza militar: es un proyecto ideológico de raíces profundas, un actor teocrático que combina doctrina religiosa con estrategia totalitaria. El error fue ignorar sus propios términos: la organización obedece a una cosmovisión rígida e irreformable, ajena a la evolución política.
Hamás instrumentaliza el dolor; Israel debe evitar que la victoria le cueste el alma
La lucha contra Hamás excede los túneles y las fronteras: abarca las ideas, la historia y la moral.
Israel enfrenta un dilema estratégico: desmantelar a Hamás, atrincherado en infraestructura civil, sin quedar atrapado en la narrativa genocida. Para Hamás, el sufrimiento civil es un recurso táctico: lo provoca, lo explota, lo instrumentaliza.
A esto se suman los conflictos políticos internos en Israel, la falta de unidad nacional y las declaraciones inaceptables de individuos que debilitan la legitimidad de todo un país. Es el caso del actual ministro de Finanzas, Bezalel Smotrich, quien afirmó: «Nadie nos permitirá provocar la muerte de dos millones de civiles por hambre, aunque sea justificable y moral hasta que recuperemos a nuestros rehenes».
Israel enfrenta un desafío casi infinito: actuar en legítima defensa y rescatar a sus rehenes sin perder de vista los principios que sustentan su democracia. En un conflicto dominado por percepciones internacionales, preservar la integridad moral constituye el ancla. Ceder a la lógica de la deshumanización socava incluso una causa legítima.
La derrota de Hamás no exige la claudicación de los valores protegidos. Las trampas acechan en cada paso: perder la brújula ética cobra un precio tan alto como perder la guerra.
La verdad habla más fuerte
Hamás actúa como un proyecto teocrático regional, con raíces ideológicas profundas, una visión mesiánica del islam político y un objetivo explícito: la desaparición del Estado judío. Su guerra persigue un imperativo teológico, ajeno a la justicia o a la autodeterminación. Ajusta su lenguaje según el público: moderado hacia Occidente, exterminista hacia sus propios círculos.
La realidad no deja lugar a interpretaciones ingenuas: el pogromo del 7 de octubre, la educación sistemática para el odio, el culto al martirio, la glorificación del asesinato de civiles. Hamás ha perfeccionado el arte de mentir, de manipular imágenes, de presentarse como víctima mientras actúa como verdugo.
La propaganda no anula el hecho: administra su distorsión. La colisión militar se subordina a una guerra semántica. En este campo, la claudicación intelectual rinde el mismo efecto que la derrota armada.
El relativismo moral es la coartada final del terror. La lucidez exige recuperar la medida: no todo dolor es equivalente, no toda causa es justa, no todo victimismo es inocente.
Eco doctrinal: capítulo La patria como absoluto de La Razón Sitiada de Jimmy Baikovicius