Memoria histórica

Una letra menos

Una letra se quedó en el camino. El resto llegó.

26 de septiembre de 2026

A mi apellido le falta una letra. Esa ausencia tiene más de un siglo de historia.

Un apellido se hereda. Antes, se tramitó. Alguien, en una oficina, preguntó cómo se llamaba una familia y anotó la respuesta con el alfabeto que tenía a mano. Lo que los nietos reciben como identidad se fijó en un renglón de censo.

Para los judíos del Imperio ruso, ese renglón tiene fecha. En los pueblos de la Zona de Residencia, muchos se identificaban todavía por su nombre y el de su padre, Moshé ben Abraham, y con eso alcanzaba. En 1804, un estatuto de Alejandro I ordenó que cada judío tuviera un apellido heredable y lo usara sin cambios en todos los documentos. En 1835, otro edicto prohibió alterarlo: el estatuto se había cumplido a medias. Los apellidos salieron de lo que había: el nombre del padre, a veces el de la madre, el pueblo, el oficio. El sufijo eslavo -ovich, hijo de, se pegó a miles de nombres: el hijo de Abraham pasó a llamarse Abramovich.

Cada poder que pasó por la región reescribió los nombres con su alfabeto. Gitel lo decía más simple: el apellido cambiaba según quién mandara. El pueblo de mis abuelos paternos tiene cuatro: Shirvint en ídish, Szyrwinty en polaco, Ширвинты en ruso, Širvintos en lituano. Desde 1923, una frontera cerrada pasaba a tres kilómetros de sus casas. Širvintos cayó del lado lituano; Vilna, adonde sus jóvenes iban a estudiar y a trabajar, del otro.

Cuatro muchachas y un muchacho posan juntos en un estudio; arriba, una dedicatoria manuscrita en ídish y la fecha 13 X 1931.
Mi abuela, abajo al centro. Shirvint, 13 de octubre de 1931, según la dedicatoria en ídish.

Mi abuelo, Joseph Baikovich, emigró en 1929, con diecinueve años, como tantos judíos de Širvintos que en aquella época partieron hacia Sudáfrica, Estados Unidos y Palestina. Contaba que hizo la mitad del viaje escondido bajo cubierta: se había peleado con el capitán y juraba que quería matarlo. Qué pasó en ese barco, no lo sé. Mi abuela, Gitel Gercov, llegó dos años después, con dieciocho, aunque quería quedarse. A Joseph le gustaba desde chico; insistió hasta que la hicieron venir. Ella tardó un océano en enamorarse. No volvieron nunca.

Un grupo numeroso de hombres, mujeres y niños posa frente a un edificio con un cartel que dice HIAS-Emigdirekt y, en ídish, «en Lituania».
Frente a la oficina de HIAS-Emigdirekt, la sociedad judía de emigración, en Lituania. Mi abuelo es el segundo desde la izquierda, detrás del hombre de barba.

Al nacer lo llamaron Joseph. En el pueblo le decían Baikovich, y así lo siguieron llamando en Montevideo sus landslayt, los paisanos de Shirvint. En lituano, la lengua de la república de la que salió, ese apellido se escribe Baikovičius; en Uruguay lo anotaron Joselis Baikovicius, con las terminaciones del lituano y sin la č. Sus amigos lo llamaban Don José. Cuatro nombres, como su pueblo.

En algún registro, la marca sobre la c se perdió, y el sonido de Baikovich se quedó sin letra.

Un nombre lo decía la gente. El otro lo escribía la oficina.

Un joven vestido de blanco, con gorra y una bandeja de mercadería colgada del hombro, de pie frente a un seto.
Mi abuelo en el Parque Rodó, Montevideo, 1929. Llegó ese año sin un peso y sin una palabra de español; vendía en la calle lo que le confiaban sus paisanos.

Qué quiere decir Baik, lo que queda del apellido sin el -ovich, no lo sé. Busqué una respuesta y encontré dos, ambas con aplomo de enciclopedia: un patriarca panadero, por el verbo hornear en ídish, y un origen en bajka, que en polaco significa fábula. Ninguna traía un documento. La que decía que mi apellido significa fábula era, ella misma, una fábula. En la familia circulaba otra, de boca en boca: Baikovich quería decir cuentacuentos. Nadie la documentó. Se transmitió como se transmiten los cuentos.

Sé, en cambio, dónde se escribió.

En 1940 quedaban en Širvintos unos setecientos judíos. Tras el paso de los alemanes, a fines de junio de 1941, nacionalistas lituanos tomaron el pueblo, detuvieron a judíos y no judíos sospechados de vínculos con el poder soviético y los mandaron a la cárcel de Ukmergė. La propaganda de esos meses ya había fundido judío y bolchevique en una sola palabra: judeobolchevismo. A los no judíos les dieron veinticinco latigazos y los soltaron. A los judíos los ejecutaron. La misma sospecha; dos sentencias. A fines de agosto, a los demás los encerraron en unos veinte edificios del barrio viejo. El 18 de septiembre, alemanes y policías lituanos los subieron a camiones, los llevaron al bosque de Pivonija, a cuatro kilómetros de Ukmergė, y los fusilaron. Ese mismo día, un cartel a la entrada del pueblo lo declaró Judenrein: limpio de judíos.

Henrika Čipienė nació en Širvintos en 1930. Casi setenta años después, en una entrevista que conserva el Museo del Holocausto de Estados Unidos, contó que aquel verano vio pasar por el pueblo una columna de judíos a pie, y que su madre horneaba pan y las mandaba, a ella y a su hermana, a dárselo a escondidas. Recordaba a un compañero de clase, Abel, al que llamaba Abeliukas: el nombre hebreo con el diminutivo lituano. Ella miraba a cada vecino por su nombre. Los guardias, por el rótulo.

El único pan documentado de esta historia no lo horneó ningún antepasado mío.

Del Shirvint judío quedaron las fosas de Pivonija, unos pocos que salieron vivos de sus escondites y los que habían emigrado antes. Mis abuelos esquivaron ese bosque con años de ventaja: él, doce; ella, casi diez, porque él insistió. El apellido perdió una letra en el viaje. El pueblo perdió a casi todos los que no viajaron.

Gitel cruzó el océano una sola vez. Para volver a Shirvint, decía, le bastaba cerrar los ojos. Volvió así hasta su último día.

Ninguna oficina registró ese viaje.

Este sitio se llama como la oficina dejó el apellido: jimmybaikovicius, sin la č. Toda oficina encuadra; la č quedó fuera de cuadro. No la repuse. Mi abuelo, para los suyos, siguió siendo Baikovich. Las dos formas cuentan de dónde viene el resto.

Escribo con lo que llegó.


Eco doctrinal: capítulo La sentencia en uso de La Razón Sitiada de Jimmy Baikovicius

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