Una letra menos
Mi apellido llegó a Montevideo con una letra menos. Esa falta tiene más de un siglo de historia.
Un apellido se hereda. Antes, se tramitó. Alguien, en una oficina, preguntó cómo se llamaba una familia y anotó la respuesta con el alfabeto que tenía a mano. Lo que los nietos reciben como identidad quedó fijado en un renglón de censo.
Para los judíos del Imperio ruso, ese renglón tiene fecha. En los pueblos de la Zona de Residencia, muchos se identificaban todavía por su nombre y el de su padre, Moshé ben Abraham, y con eso alcanzaba. En 1804, un estatuto de Alejandro I ordenó que cada judío tuviera un apellido heredable y lo usara sin cambios en todos los documentos. En 1835, otro edicto prohibió alterarlo: el estatuto se había cumplido a medias. Los apellidos salieron de lo que había a su alcance: el nombre del padre, a veces el de la madre, el pueblo, el oficio. El sufijo eslavo -ovich, hijo de, se pegó a miles de nombres: el hijo de Abraham pasó a llamarse Abramovich.
Cada Estado que pasó por la región reescribió los nombres con su alfabeto. El pueblo de mis abuelos paternos tiene cuatro: Shirvint en ídish, Szyrwinty en polaco, Ширвинты en ruso, Širvintos en lituano. Desde 1923, una frontera cerrada pasaba a tres kilómetros de sus casas. El pueblo quedó del lado lituano; Vilna, adonde sus jóvenes iban a estudiar y a trabajar, del otro.
Mi abuelo, José Baikovich, emigró en 1929, con diecinueve años, como tantos judíos de Širvintos que en esos años partieron hacia Sudáfrica, Estados Unidos y Palestina. Mi abuela, Gitel Gercov, llegó dos años después, con dieciocho, aunque quería quedarse. A José le gustaba desde chico; insistió hasta que la hicieron venir. Ella tardó un océano en enamorarse. No volvieron nunca.
En el pueblo le decían Baikovich, y así lo siguieron llamando en Montevideo sus landslayt, los paisanos de Shirvint; en algunos documentos de identidad, mi padre figura con esa forma. En la ortografía de la república de la que salió, el mismo nombre se escribe Baikovičius.
En algún registro, la marca sobre la c se perdió. Con ella se fue el sonido de Baikovich: sus nietos lo decimos con s.
Un nombre lo decía la gente. El otro lo escribía la oficina.
Qué quiere decir Baik, no lo sé. Busqué una respuesta y encontré dos, ambas con aplomo de enciclopedia: un patriarca panadero, por el verbo hornear en ídish, y un origen en bajka, que en polaco significa fábula. Ninguna traía un documento. La que decía que mi apellido significa fábula era, ella misma, una fábula.
Sé, en cambio, dónde se escribió.
En 1940 quedaban en Širvintos unos setecientos judíos. Tras el paso de los alemanes, a fines de junio de 1941, nacionalistas lituanos tomaron el pueblo, detuvieron a quienes habían tenido vínculos con el poder soviético, judíos y no judíos, y los mandaron a la cárcel de Ukmergė. A los no judíos les dieron veinticinco latigazos y los soltaron. A los judíos los ejecutaron. El mismo cargo; dos sentencias. La propaganda de esos meses ya había fundido judío y bolchevique en una sola palabra: judeobolchevismo. A fines de agosto, a los demás los encerraron en unos veinte edificios del barrio viejo. El 18 de septiembre, alemanes y policías lituanos los subieron a camiones, los llevaron al bosque de Pivonija, a cuatro kilómetros de Ukmergė, y los fusilaron. Ese mismo día, un cartel a la entrada del pueblo lo declaró Judenrein: limpio de judíos.
Henrika Čipienė nació en Širvintos en 1930. Casi setenta años después, en una entrevista que conserva el Museo del Holocausto de Estados Unidos, contó que aquel verano vio pasar por el pueblo una columna de judíos a pie, y que su madre horneaba pan y las mandaba, a ella y a su hermana, a dárselo a escondidas. Recordaba a un compañero de clase, Abel, al que llamaba Abeliukas: el nombre hebreo con el diminutivo lituano. Ella miraba a cada vecino por su nombre. Los guardias, por el rótulo.
El único pan documentado de esta historia no lo horneó ningún antepasado mío.
Del Shirvint judío quedaron las fosas de Pivonija, unos pocos que salieron vivos de sus escondites y los que habían emigrado antes. Mis abuelos esquivaron ese bosque con años de ventaja: él, doce; ella, casi diez, porque él insistió. El apellido perdió una letra en el viaje. El pueblo perdió a casi todos los que no viajaron.
Gitel cruzó el océano una sola vez. Para volver a Shirvint, decía, le bastaba cerrar los ojos. Volvió así hasta su último día.
Ninguna oficina registró ese viaje.
Este sitio se llama como quedó el apellido en la oficina: jimmybaikovicius, sin la č. Todo trámite encuadra; la č quedó fuera de cuadro. No la repuse. Mi abuelo, para los suyos, siguió siendo Baikovich. Las dos formas cuentan de dónde viene el resto.
Escribo con lo que llegó.
Eco doctrinal: capítulo La sentencia en uso de La Razón Sitiada de Jimmy Baikovicius