Conversaciones

Álvaro Castagnet sobre el error, la pasión y la pintura en la era de las imágenes

No hay malos motivos, hay malas pinturas.

15 de mayo de 2020 · Publicado originalmente en jikatuTV · Ver original

Esta conversación con Álvaro Castagnet, acuarelista uruguayo de renombre internacional, fue grabada a distancia en mayo de 2020. Su eje no es la técnica: es lo humano del arte. El error como materia de la belleza, la inocencia contra el protocolo, y la pintura como respuesta a una época ahogada en imágenes. Se publica como diálogo editado.

Las opiniones del entrevistado son suyas; la sección Conversaciones no implica coincidencia doctrinal.

En diálogo con el capítulo Albert Camus

En el momento en que te movés bajo el protocolo de la sociedad, dejás de ser creador.

Palabras de Álvaro Castagnet, en diálogo con La Razón Sitiada de Jimmy Baikovicius.


Capturar y construir

Jimmy: Plasmás la realidad, que es compleja y en tres dimensiones, en un plano, con algunos trazos — y lográs, quizás, ver más que la realidad misma. Yo soy fotógrafo y no puedo hacer un trazo, pero tengo esa relación con la realidad y sé lo complejo que es. ¿El fotógrafo captura y el pintor construye, o es una mezcla?

Álvaro: Para mí es una mezcla de las dos cosas. Hay mucho parecido entre la fotografía y la pintura: cuando querés sacar una buena foto, te llega el ambiente, estás analizando la composición, las formas, la luz. La parte mecánica — lo que hacen mis manos — en tu caso la hace la cámara. Pero el resto, que es la parte más medular de todo esto, es tu observación, tu espíritu, cómo sos vos. El gran riesgo de la pintura figurativa es llegar, de forma inconsciente, a una ilustración que se asemeje a una foto fría. Si yo ilustro la calle que estoy viendo, estoy haciendo una foto — y eso, en lo que se refiere al arte en sí mismo, no tiene valor. Lo que hago tiene que tener una carga mayoritaria de emoción, de un feeling. Si hay algo que no quiero en mi pintura es que tenga un valor meramente fotogénico. Tiene que trascender la foto, trascender la ilustración, trascender la obviedad.

El error y la pasión

Jimmy: Hay un experimento con la música: se compara música creada por computadora, a la perfección, sin ningún error, con la misma música ejecutada por un gran músico — donde se detectan mínimos errores en cómo pone el dedo, en cómo vibra la cuerda. Y cuando le preguntan a la gente cuál le gusta más, prácticamente todos eligen la música tocada por el ser humano. Dicen que es por esos pequeños errores, por la falta de perfección. Vos mencionás muchas veces esa conexión con los errores que se generan en el proceso de la pintura.

Álvaro: Seguramente la más exitosa es la que tiene ligeras imperfecciones. La pintura es un cúmulo de imperfecciones. Cuando estás pintando estás como prendido fuego: el pintor está embuido en esa pasión, que genera un approach muy violento hacia la pintura. En esa vorágine se cometen errores. Y el gran valor del artista es seguir adelante, compatibilizar todos esos errores y transformarlos en algo totalmente inesperado, sumamente creativo y lleno de belleza.

Jimmy: Es como poner el azar dentro del proceso.

Álvaro: Totalmente. Y manejado por la pasión y el corazón.

La inocencia contra el protocolo

Álvaro: La mente y la parte intelectual no deberían ser el patrón de medida. Ser inteligente es buenísimo, pero cuando uno está gobernado pura y exclusivamente por el intelecto, eso en arte no es apreciado, porque el arte es inocencia: es ingresar a un mundo donde se baila libremente. La sociedad se mueve bajo cierto protocolo, aceptado por todos. En el arte no te movés bajo ese protocolo: en el momento en que te movés bajo el protocolo de la sociedad, dejás de ser creador. El artista es un individuo; arte es individualidad. Por eso muchas veces nos llaman bohemios. El arte es un poco lo que no sabés y nadie sabe: es como caminar en una jungla donde el camino no está hecho previamente por otro, e ir cortando las ramas, tratando de descubrir algo.

Jimmy: Es un rebelde.

Álvaro: No lo digo por mí — es un comentario que hago observando a los popes de la pintura. Pero es así.

Jimmy: Y yendo más allá: ¿tenés alguna relación con tus trabajos que tenga que ver con engañar a la muerte? Dejar algo que sabés que, después de que nos vayamos, queda ahí.

Álvaro: No me persigue — no pienso en eso. Soy un ser mortal como todos, y nadie murió en la víspera. Lo que me persigue, honestamente, es la excelencia. El artista pinta para sí mismo, no pinta para nadie: la satisfacción número uno es de él; tiene que estar enamorado de lo que acaba de hacer. Y si ese trabajo trasciende, no solo contribuye con la humanidad: inmortaliza la obra y, por ende, a sí mismo. Es una forma de hacerle un bypass a la muerte.

Ahogados en imágenes

Jimmy: Estamos ahogados de imágenes. Cien millones de fotos se suben a Instagram por día, y eso es un porcentaje pequeño de las que se suben a internet, y mucho más pequeño de las que se sacan. Hace doscientos años no se generaban imágenes más que las que reproducían los pintores.

Álvaro: Esto va a traer aparejado, a la postre, una gran gravitación del ser humano hacia la pintura. La humanidad siempre tuvo un vaivén: una vez que se explota mucho un sector, inexorablemente se va al opuesto. Y lo opuesto a la foto fría y calculada que se exhibe en internet es, de cierta manera, la pintura ejecutada por el ser humano: le da una especie de nuevo aire.

Jimmy: La juventud no tiene paciencia. Todo es un valor del instante: mirás una foto y ya no te quedás mirándola, vas a otra, y la del segundo anterior ya no tiene ningún valor. El arte, o los buenos fotógrafos, te obligan a detenerte en el tiempo: pararte, enfrentar esa imagen y reflexionar sobre ella.

Álvaro: Las nuevas generaciones no tienen tanto apego a las cosas. Ven algo, lo miran, lo aprecian, y move on.

Jimmy: Pero por otro lado tienen una relación con la imagen que es más fuerte que la realidad: cómo se representan en la imagen es más importante que su realidad misma. Si sacan una foto en la que se ven mal, se pueden deprimir porque alguien la suba. Tantos años de marketing y de creación de imagen quizás nos roben un poco de lo que somos y de nuestra naturalidad. Tener que vernos de alguna manera, prepararnos de alguna manera — quizás no sea sano.

Álvaro: Todo tiene su dualidad. Hay cierto compromiso con la imagen: una cosa fallida repercute en el espíritu de la persona.

Jimmy: Y recién hablábamos de la importancia de los errores, de vernos humanos — de cuánta belleza hay en eso.

El honesto protagonista

Jimmy: ¿Siempre necesitás estar en el lugar de la imagen para hacerla?

Álvaro: Yo no puedo pintar nada que no haya visto personalmente. Para mí es fundamental la experiencia de primera mano: ser un honesto protagonista. Estar, tocar la imagen que quiero pintar, la textura, el olor; sentarme a tomar un café y ver la gente pasar. Es una esponja de absorción de sensaciones. Me gusta que haya ruido — el ómnibus, ¡eh, taxi! — porque te crea ambiente, y lo vas absorbiendo todo: la calle, la gente que pasa. No hay nada como pintar en el lugar. He pintado en casi todos los países del mundo y hay un común denominador en la gente: una apreciación dulce y romántica con el artista. Te ven como una persona que explota la parte amorosa de la vida, inofensivo. El ser humano necesita ese romanticismo, porque nuestras vidas transcurren en un ir y venir con cierta frialdad social.

Coda: No hay malos motivos

Álvaro: No hay malos motivos: hay malas pinturas. Cualquier cosa es motivo de pintura: un baño, esta mesa, esta esponja. Lo que intima es qué reacción tuvo el pintor cuando lo vio, por qué lo pintó — en su propia intimidad él sabe por qué. Si es un buen pintor, ahí se va a reflejar su propia alma, y el motivo pasa a ser secundario. El arte es la simpleza más absoluta de la cosa más mundana, plasmada con el máximo impacto.


Conversación grabada a distancia en mayo de 2020. Editado para lectura a partir del transcript original del video.


Eco doctrinal: capítulo Albert Camus de La Razón Sitiada de Jimmy Baikovicius

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